Buen viaje, maestro de la vida

Por: Juan Diego Lozano Jaramillo

-“Luis Fernando, venga rápido a la oficina que el Registrador me dijo que quemara esas cédulas viejas y son un mundo. Yo creo que a usted le deben servir para algo”. – “Listo doña Libia, enseguida bajo; ya le llego”.

Luis Fernando no lo pensó un segundo y se montó en “la unidad móvil del Canal Comunitario”, un Fiat azul medio destartalado, pero que me sirvió en la vida a entender, – por cuenta de las historias de mi gran Maestro -, que lo importante de un carro es que lo transporte; y así fue, porque el “pichirilo” nunca nos dejó botados.

Con Luis Fernando Londoño hubo muchas conexiones en la vida, y una de ellas fue ese gesto que tuvo mi madre, cuando lo alertó sobre la inminente pérdida de esas cédulas que para él fueron parte de la inspiración del Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío.  Sin dejar el “pucho”, montó caja por caja y llegó a su casa, donde Martha, la amada, santa e inolvidable Martha, lo recibió con una frase que, creo, repitió miles de veces:

– “¿Para que trajo eso? ¿Dónde va a meter esas cajas?

Si bien tuve la oportunidad de compartir en la Universidad con muchas eminencias de la Comunicación, Luis Fernando Londoño fue quien en la práctica me enseñó a vivir el periodismo ciudadano, la comunicación para el desarrollo y el rescate de la tradición oral como ninguno.

Sin pensarlo dos veces, le dijo a la paciente Martha, que tuviera café suficiente y se fue para la Plaza de Bolívar a buscar a los más veteranos ciudadanos que a diario salían a tomar el sol, disfrutar un tinto y algunos, a echar humo entre historias y anécdotas.  “Me fui a buscar los más viejos del parque, me los traje para acá, les di café, pan y cigarrillos y los puse a seleccionar esas cédulas, para identificar a muchos de los calarqueños de la época y eso ha sido una locura, porque han encontrado a muchas personas a las que le habían perdido el rastro”, me contó con mucha alegría mientras yo sacaba unas fotocopias en la papelería que funcionó en la casa de ellos, ahí en la 41 entre la 25 y 26.

Recuerdo que me hizo pasar a la sala para que viera como los abuelos del parque seleccionaban las cédulas. De hecho, hubo un momento en el que sacaron una cédula que rotó de mano en mano, nadie la quería mirar ni coger; se la tiraban entre ellos como una «papa caliente», hasta que Luis Fernando les preguntó:

– “¿Qué pasó con esa cédula? ¿Quién era el “finao” que ninguno lo quiere mirar?”

– “No Don Luis Fernando, – respondió uno de ellos -, es que este era más cacorro que un verraco”.

Las carcajadas casi tumban la vieja casa de bahareque, mientras los pequeños David Fernando y Martha Isabel miraban desde la mesa del comedor con cara de mil preguntas, esas que se hacían a cada instante, por cuenta de las locuras de su padre y de los que fuimos sus compinches en muchos proyectos.

Trabajamos por cable y por aguardiente.

La época profesional que viví al lado de Luis Fernando Londoño, Iván Prada, Uriel Salazar y todos quienes estuvieron a nuestro lado conformando el equipo del Canal Comunitario de Asuapac, fue una de las más bella de mi vida. Entendí que yo había nacido para enriquecerme con esta profesión; pero enriquecerme de satisfacción por el deber cumplido. Años después, cuando me di cuenta que tenía unas alas muy grandes, lo puse en práctica con el Canal UNE, otro proyecto de vida que nunca olvidaré y que, – modestia aparte – también dejó huella.

Éramos “los chachos” del pueblo. Salíamos por televisión todas las noches, compitiendo en horario AAA con las novelas del momento, demostrando que una televisión de contenido es valorada por el consumidor, mucho más cuando se trata de reconocer la realidad de lo local.  En los archivos del Museo Gráfico y Audiovisual del Quindío reposan cientos de entrevistas que hicieron parte de esa época de oro, donde no ganábamos dinero, pero si vivíamos del reconocimiento y el agradecimiento de la sociedad calarqueña. Fueron muchos meses trabajando sin llevar nada a mi casa; ya doña Libia estaba inquieta porque, “a ese muchacho le encanta eso, pero no me está ayudando en la casa; por ahí de vez en cuando llega con unos plátanos, naranjas o cosas que le dan en esos barrios o las fincas donde va a grabar y la gente le da”, le decía mi mamá a una amiga por teléfono mientras yo trataba de despertar luego del trasnocho por haber grabado la tertulia musical.

“Joven, muy bonito lo que hacen, pero a usted le pagan con cable y aguardiente y así no es la vida”, recuerdo que me dijo el tío Carlos, al que llaman en el parque de Calarcá “Pintao”, un poco serio, y seguramente preocupado por la inversión que asumió para darme la universidad. Lo del cable era por la señal gratis que nos suministraban en Asuapac, como contraprestación por la labor adelantada y el aguardiente, todo el que nos daban en los barrios cuando la gente en un acto de gratitud, celebraban que habíamos llegado los del Canal Local. Preferíamos el aguardiente de la gente y no el whisky del poderoso.

Mi hígado apenas tenía 23 años y resistía todo “el guaro” del mundo, mientras que “Pradita”, Luis Fernando y Uriel, siendo mayores, aguantaban a la par, pero teníamos claro que ese modelo iba a colapsar en algún momento. Cuando en mi casa me empezaron a decir “Camello”, mi conciencia anunció Asamblea Permanente y las oraciones de mi madre se hicieron realidad cuando me llamaron de RCN Radio y Telecafé para trabajar como reportero. Lo de Camello era por un mítico periodista empírico de Calarcá que trabajaba a cambio de aguardiente. Yo estaba repitiendo la historia, pero con una diferencia: el cartón universitario, que no cambiaba para nada la historia.

Era más que justo. Yo tenía que empezar a ejercer mi profesión con más estabilidad económica y no podía seguir a ese ritmo. Pradita y yo emprendimos ese nuevo reto y aunque seguíamos fieles a la rumba, ya lo hacíamos más “moderadamente”, mientras que Luis Fernando también dio a luz otros proyectos, esos mismos que le fueron inspirando su idea de crear el Museo.

La pirámide invertida.

No sé dónde estaría yo, si no hubiera pasado por Asuapac y las enseñanzas de Luis Fernando Londoño, quien fue el encargado de coger la teoría de la pirámide invertida de la Universidad y hacerla realidad. Varios maestros del Externado nos insistían en la necesidad de hacer otro periodismo, totalmente diferente, donde le diéramos la vuelta a la pirámide convertir a la base en la prioridad y no a la élite. Eso me lo enseñó el maestro del pucho en la boca, al lado de Iván Prada y Uriel Salazar.

En Asuapac hicimos eso: le dimos toda la importancia a la gente, a la tradición oral, al conocimiento popular y las fuentes oficiales tenían su espacio, pero no eran lo más importante de nuestros contenidos, como sucede en todos los medios comerciales del país. Preferíamos un sancocho en el barrio Santander que un almuerzo con el alcalde en Las Brasas.

Tuve la oportunidad de trabajar al lado de un reconocido periodista de la región, el dueño de la antítesis de Asuapac y a pesar de los años de actividades al lado de él, no olvidé nunca el legado de Luis Fernando Londoño y del otro Maestro de la vida: Carlos Silva Mejía. Construí ese concepto de periodismo ciudadano y hoy ejerzo con toda la convicción, el periodismo social, algo que hago con mucho amor. Ese señor se avergüenza hoy de mi porque no repetí su historia, en cambio Luis Fernando siempre me tuvo presente en sus vivencias y estoy seguro, se sintió orgulloso de su pupilo.

Buen viaje Maestro de la vida. Sé que ya te has encontrado a esta hora con mi amada Madre y espero que disfruten de las anécdotas vividas. Me la saludas, y le dices por favor que la amo infinitamente y que la he extrañado cada segundo de estos más de 18 años de ausencia y que nos perdone esas parrandas y trasnochos.

Gracias por todo lo vivido; quizás tu partida fue temprana porque tu nieta te ha empezado a preguntar, pero ya en esta calurosa noche, donde la luna tímidamente trata de hablarme, vi esa nueva estrella que brilla en el firmamento y que lleva tu nombre: Luis Fernando Londoño Aristizábal. Descansa en paz, Maestro, amigo, titán y gran soñador. Espero que no nos quede grande el reto de mantener tu legado y abierto el Museo, ese hijo que diste a luz con tanto sacrificio y amor. Gracias, infinitas gracias.

Buen viaje, maestro de la vida

EDITORIAL |